viernes, 11 de septiembre de 2015

Apocalíptico (género literario) - Wikipedia, la enciclopedia libre

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Este artículo se refiere al género literario apocalíptico. Para otros usos ver Apocalipsis (desambiguación).


Se conoce como género apocalíptico a un conjunto de expresiones literarias surgidas en la cultura hebrea y cristiana durante el período helénico y romano (siglos II y I aC y siglos I hasta mediados del siglo II) y que expresan, por medio de símbolos y complejas metáforas, la situación de sufrimiento del pueblo judío o de los seguidores de Cristo y su esperanza en una intervención mesiánica salvadora o en el caso de la apocalíptica cristiana en la Parusía o segunda venida de Cristo.



Índice

Profetas y videntes

Las raíces de la apocalíptica judeo-cristiana están en los libros
proféticos de la Biblia. El término "profeta" (griego prophétes)
significa " aquel que muestra o denuncia algo ante alguien". Luego pasó a
dominar el matiz temporal de la preposición griega "pro-" y pasó a
significar "el que predice algo". Se puede trazar un paralelismo, si no
una identificación, entre el "profeta" del Antiguo Testamento y el
"vidente" de los apocalipsis. En los dos casos se trata de alguien capaz
de ver de forma privilegiada determinados acontecimientos. Pero hay una
diferencia: que en la apocalíptica se pasa del profeta que habla al
profeta que escribe, del oráculo al libro. Lo que diferencia a la
apocalíptica del profetismo es el destino del mensaje y la forma de
expresarlo: los profetas tienen visiones, pero son hombres entregados a
la palabra y producen un mensaje directo que el pueblo pueda entender;
los videntes apocalípticos reciben la orden de "escribir" inmediatamente
el mensaje y lo que escriben no tiene que ser necesariamente accesible a
todos. El auditorio del profeta es todo el pueblo de fieles, mientras
que el del vidente son los fieles anónimos e iniciados, a los que no
suele interpelar. Otros rasgos de la apocalíptica son:


  • El carácter seudónimo de la obra: el autor escribe bajo otro nombre.
    En los apocalipsis judíos se escoge el de algún antepasado
    significativo (Abrahám, Moisés, etc.); en los cristianos, el de algún
    apóstol (Pedro, Tomás, etc.). El carácter seudónimo afecta probablemente
    al Apocalipsis de Juan, atribuido por tradición al apóstol.
  • En los apocalipsis la sucesión de la historia y las visiones se
    presentan por medio de cifras estereotipadas que tienen valor simbólico
    (por ejemplo, 1000 y sus múltiplos indican un número incalculable). Se
    juega incluso con el valor numérico de las letras.
  • Lenguaje escatológico común. Parábolas e imágenes que hacen referencia al fin de los tiempos y tono oracular.
  • Esperanza mesiánica subyacente: la salvación final se realizará por
    intervención directa de Dios o de una figura que pasa a primer plano,
    como el arcángel San Miguel. En algunos apocalipsis las esperanzas
    cristalizan en torno a una figura (el Elegido o el Hijo del Hombre), que
    culmina en el Cristo triunfante del Apocalipsis de Juan.
  • Pese a que a primera vista los apocalipsis parecen estar dominados
    por la fatalidad y el determinismo, hay una clara voluntad de expresar
    esperanza de salvación y consuelo para los justos. Hay una figura que lo
    da todo o que intercede para salvar a los justos (por ejemplo, Moisés
    en el Libro de los Jubileos y Cristo en el Apocalipsis de Juan).
  • La fecha en la que se supone deben cumplirse los oráculos y
    profecías escatológicos es siempre una fecha indeterminada e imprecisa.

Apocalíptica e historia judía

El contexto histórico en el que surgen los apocalipsis es el de
tiempos de crisis percibida como extrema. Los primeros apocalipsis,
entre los que se cuenta el Libro de Daniel, son de la época de Antíoco IV Epífanes (175-164 a. C.), en particular del tiempo de persecución bajo su reinado,1
y de la sublevación judía de los Macabeos (166-160 a. C.). Es la época
de la helenización intensiva de Jerusalén y de los territorios judíos.
Antíoco Epífanes profana el templo y se produce una gran escisión entre
los judíos: los que aceptan las prácticas helenísticas y los que forman
una resistencia político-religiosa organizada en torno a los Macabeos.
Otro momento de gran crisis para el mundo judío se vive en el siglo
I a. C.: en el 63 a. C. Pompeyo conquista Jerusalén, los romanos ocupan
Palestina y el poder real y sacerdotal de Jerusalén está bajo la tutela
romana. Conviven muchas facciones político-religiosas (fariseos,
saduceos, asideos, zelotes, esenios...) y se experimentan grandes
esperanzas mesiánicas.


Un tercer momento de gran crisis se vive en el siglo I d. C.: en los
años 60 tienen lugar las grandes persecuciones de cristianos por Nerón;
en el 70-73 se aplasta la sublevación judía, se toma Jerusalén y se
destruye el templo. Después del 73 aumentan los conflictos entre judíos y
cristianos hasta la casi total ruptura en los años 90. Entre 81 y 96
Domiciano impone el culto al emperador y se producen más persecuciones
de cristianos. Y el cuarto período de crisis que influye en los
apocalipsis se vive en el siglo II d. C., cuando se mantienen las
persecuciones de cristianos y los judíos se sublevan por segunda vez
contra Roma (la sublevación encabezada por el líder político-religioso
Bar Kokba en 132-135) y sufren una aplastante derrota. Ante estos
momentos, el cuadro trazado por los apocalipsis es tenebrista y
atribulado. Se habla del presente como período de corrupción,
transgresión y opresión por parte de un poder blasfemo y arrogante, todo
lo cual se denuncia.


La historia de Israel y las bases de sus esperanzas para el futuro
han estado desde siempre unidas a sus pretensiones políticas. Ahora
bien, los grandes momentos de la apocalíptica son precisamente aquellos
en los que a los judíos les son arrebatadas estas pretensiones por otros
poderes dominantes. Los judíos de los últimos siglos antes de Cristo
creían que los cielos "se habían cerrado" y que el Espíritu de Dios "no
se había apoderado de nadie" (no había inspirado a nadie) desde los
tiempos de los últimos profetas Ageo, Zacarías y Malaquías; y sin el
Espíritu de Dios la historia no era posible.


La apocalíptica permitió mantener como real la historia de Israel
gracias a la doctrina de la inspiración bíblica: la historia aún era
posible y su agente era el autor inspirado y su obra escrita. Los
grandes agentes históricos de la humanidad (Adán, Moisés, Elías, etc.)
intervienen de nuevo en la historia en virtud del carácter seudónimo de
las obras apocalípticas y así el pasado se hace presente y no se
interrumpe la continuidad. La apocalíptica se convierte en una especie
de ciencia de la historia, teniendo en cuenta que ésta no es una
sucesión de acontecimientos, sino un todo, un proceso unificado que
comienza con Adán y los imperios nacidos del caos primordial y que
finaliza en un acto que retornará el mundo a sus orígenes. Se trata de
la concepción mítica en la que principio y fin se unen en un lugar
teórico (mítico) en el que todo comienza. Hay en la apocalíptica huellas
de concepciones míticas babilónicas, persas y griegas (por ejemplo,
todo lo relativo a la angelología y la demonología), unidas a la
escatología judía.


El género apocalíptico en la Biblia

El tema y asuntos apocalípticos fueron muy populares entre los judíos de la post-diáspora (después del exilio babilónico), lo que dio lugar a la proliferación de apocalipsis. Algunos de estos textos han llegado a ser canónicos y otros subsisten entre los llamados apócrifos. Los textos apocalípticos que han sido incorporados al canon de la Biblia son los siguientes:


Además:


El género apocalíptico fuera de la Biblia

Los siguientes son libros que pertenecen al género apocalíptico, pero que no son aceptados dentro del canon bíblico:


Literatura apocalíptica judía

La salvación de la literatura apocalíptica en general se debe al
cristianismo, en cuyas biblias aparecían estas obras. El canon hebreo
las rechazó y lo mismo hizo el canon cristiano cuando fue establecido:


  • Los Libros de Henoc. Toman como personaje a Henoc (Génesis 5,24),
    quien trató con Dios antes de ser arrebatado a los cielos. El libro
    etiópico de Henoc se conservó en la Biblia etiópica, que lo consideró
    como sagrado. Fue escrito en hebreo o arameo entre los siglo II y
    I a. C. y la versión etiópica se realizó a partir de la traducción
    griega. El libro eslavo de Henoc o libro de los secretos de Henoc fue
    escrito en griego en el siglo I de la era cristiana por un judío o
    judeocristiano palestino y se ha conservado en lengua eslava. El
    patriarca realiza un viaje por los siete cielos y recibe una serie de
    revelaciones.
  • El Libro de los Jubileos. Escrito hacia el 100 a. C. Tiene una
    presentación cronológica, pues divide en "jubileos" (períodos de 49
    años) los acontecimientos relatados desde el Génesis hasta el capítulo
    12 del Éxodo. Cada jubileo se divide en 7 series de 7 años, y cada año
    tiene 364 días. Comenta gran parte del Génesis y pasajes del Éxodo. El
    propósito es establecer un calendario jubilar para la observancia de las
    fiestas religiosas y los días consagrados.
  • Salmos de Salomón. Son 18 himnos parecidos a los salmos canónicos
    conservados en varios manuscritos de la biblia griega. Se escribieron en
    hebreo, pero sólo se conserva la traducción griega y una siríaca.
    Fueron canónicos durante mucho tiempo para muchas iglesias cristianas.
    Se compusieron aproximadamente entre 68 y 40 a. C.
  • Testamentos de los doce Patriarcas. Son doce discursos dirigidos a
    sus descendientes por los hijos de Jacob. Nos ha llegado la versión
    griega, pero parece que el original era hebreo o arameo. Se trata de una
    obra judía precristiana con interpolaciones cristianas, aunque hay
    quien ha propuesto un origen esenio. Se debió componer entre 130 y
    63 a. C. En cada testamento hay una introducción a la vida del
    patriarca, lecciones morales basadas en su vida y una breve conclusión
    mesiánica y apocalíptica.
  • Oráculos sibilinos. El personaje pagano de la sibila pasa a los
    judíos de cultura helenística, quienes sustituyen por ella a personajes
    proféticos tradicionales como Moisés. Ya en el siglo II a. C. utilizaron
    el género sibilino como medio de propaganda. Poseemos doce libros de
    estas colecciones de oráculos. Los únicos de origen judío, aunque con
    retoques cristianos, son los libros II, IV, V. La fecha probable de
    composición es hacia la mitad del siglo I a. C.
  • Asunción o Testamento de Moisés. En origen debieron existir por
    separado el Testamento de Moisés y la Asunción de Moisés. La obra
    contiene una profecía de tipo apocalíptico: Moisés la habría redactado
    para Josué y nos cuenta la historia del pueblo elegido y su entrada en
    Canaán al final de los tiempos. Se compuso entre el 3 a. C. y el
    30 d. C.; es, por tanto, contemporánea de Jesús y refleja la esperanza
    del pueblo judío. Se debió redactar en hebreo o arameo y se nos conserva
    en la traducción latina, hecha a partir de la griega.
  • Apocalipsis siríaco de Baruc o Libro II de Baruc. Se conserva en
    siríaco, aunque el original debió ser hebreo o arameo. El protagonista
    es Baruc, confidente de Jeremías. Se debió componer entre 75 y 100 d. C.
    Gira en torno a la pregunta de por qué sufre el pueblo de Dios y sus
    enemigos prosperan. Dios revela a Baruc que el mundo futuro estará
    reservado a los justos. La llegada de la era mesiánica estará precedida
    de desastres.
  • Libro IV de Esdrás. Es la obra judía no bíblica que más difusión
    alcanzó y la más usada por los primitivos cristianos. Bajo el nombre de
    Esdrás se compusieron más obras, pero ésta es la más importante. Se
    debió componer en los últimos años del I d. C. El templo de Jerusalén
    destruido ocupa un lugar preeminente en este apocalipsis de siete
    visiones. Éste es el motivo por el que se escoge a Esdrás, quien vivió
    tras la destrucción de Jerusalén por los caldeos (587 a. C.). El
    original fue hebreo o arameo y tenemos varias traducciones, entre las
    cuales están la griega y la latina; ésta última la incluyen algunas
    ediciones de la Vulgata.

Referencias


  1. Gourgues, M.; Charpentier, E. (1982). «Introducción a los Evangelios». Evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles. Madrid: Ediciones Cristiandad. p. 53. ISBN 84-7057-329-2. Consultado el 9 de febrero de 2014.

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